"El término retorno de lo reprimido hace alusión a un fenómeno psicológico, pero ahora —a principios del siglo XXI— podría designar también un fenómeno sociológico-antropológico, pues son muchos los grupos y comunidades que luchan por desenterrar lo que las generaciones previas se esforzaron tanto por sepultar."
— Margaret Atwood (2016), Kiss of the Fur Queen
Estas últimas semanas he estado pensando en el ocio. No en el descanso pasivo, sino en ese hacer por gusto, por deseo, por la necesidad interna de hacerlo. Me sorprendió no encontrar en castellano una palabra que contenga lo que en inglés se nombra con términos como hobby o labour of love. "Pasatiempo" suena trivial. "Obra de amor" resulta solemne, casi pomposo. El inglés no puede resolvernos las más básicas cuestiones existenciales como la diferencia entre el ser y el estar, pero a veces y a pesar de sus límites, logra capturar matices que en el castellano se nos escapan.
No he enviado aún la carta que prometí la semana pasada, ni la de esta. No por falta de temas, sino por no saber desde qué lugar hablar. ¿Quería enseñarte algo? ¿Contarte algo personal? ¿Reflexionar sobre arte o sobre este mundo que a veces no se deja pensar ni sentir?
Pero la dificultad no era el contenido. Era el ruido. Demasiado ruido afuera resuena y genera, a su vez, demasiado ruido dentro.
Ayer, antes de sentarme a escribir por escribir, me hice una prueba: dejé de revisar mi correo personal entre las siete de la mañana y la una de la tarde. Solo quería saber cuántos emails llegaban en una mañana cualquiera. Fueron 12 (¡doce!) de los que solo me interesaban dos: uno avisándome que podía recoger un paquete, y otro de una escritora que me gusta mucho. El resto era puro estímulo, pura urgencia, pura persuasión. Mientras escribo esto tengo 549 correos sin leer en la bandeja de entrada de mi email personal. Sé que hay personas a quienes les angustia ver que la bandeja de correo no está a cero pero, claramente, no es mi caso. No me incomoda el número en un globo rojo cuando abro la pantalla de inicio de mi móvil. Me incomoda que casi ninguno de esos 549 haya logrado que me detenga desde la curiosidd, el interés o las ganas de despejarme.
El segundo correo que abrí recomendaba una publicación física llamada Le Petit 3, que se describe como “un nuevo tipo de periódico (...) felizmente alejado de la gratificación instantánea". Estuve a punto de suscribirme. Me pareció hermosa la propuesta… pero no podía dejar de pensar en la mercantilización de todo esto. De lo humano. De lo que, por naturaleza, nunca quiso vivir en el reino de lo inmediato.
Aquí fue cuando recordé la frase de Atwood que puse al inicio. Eso que ella llama retorno de lo reprimido lo estoy viendo en todos lados. Estamos rescatando prácticas y sensibilidades que durante décadas fueron arrinconadas. Recuperamos oficios, correspondencias, y otras formas lentas de hacer las cosas adoptando las rítmicas y las cadencias de nuestros abuelos, de sus amigos, de extraños que no llegamos a conocer porque vivieron 100 años antes de nuestro primer suspiro. Todo esto adaptado a nuestro tiempo, por supuesto. Creamos audiovisuales largos y cortos, newsletters, talleres, podcasts, cuadernos, a veces a cambio de una retribución simbólica, pero muchas otras veces solo por el placer de hacerlo. Como si supiéramos, sin pensarlo demasiado, que hay cosas que solo tienen valor cuando se hacen con tiempo, alma y atención.
Para quienes escribimos esto implica, entre muchas otras cosas, aceptar también los silencios. No todos los días hay que tener algo listo para escribir y decir. Muchas veces la urgencia de hablar nace del miedo a escucharse en serio a sí mismo. En mi caso, estos días no quise forzar los tres temas que tengo en borradores. "No me apetece" no es una falta porque esto no es una transacción, sino un encuentro. "No escribas sobre eso si no tienes ganas" fue la frase que me dije a mí misma, como quien se aparta a tiempo de una conversación en la que no tiene nada que decir ni con la garganta ni con los gestos de las manos.
Acomodarme en el silencio ha sido, esta vez, dejar de verlo como una interrupción entre palabras y empezar a entenderlo como un terreno salvaje y fértil que hay que despejar para que la palabra que brote de él valga la pena. El silencio es muchas veces el único lugar desde el que puede surgir algo verdadero, algo vincular, algo que conecta. Prometer una voz es fácil, pero ofrecer una que no mienta, que no se disfrace, que no le falte al mundo ni a una misma, exige atravesar todo ese silencio que la hace posible, así que me toca hacerlo.
La cita de Atwood continúa así:
"Quienes dan las primeras paladas no siempre obtienen agradecimiento. Más bien se los critica: por decir lo indecible, por nombrar lo innombrable, por violar un código de silencio."
Ella hablaba de cosas serias, y lo mío quizá sea algo más liviano. Pero no por eso menos importante.
Este agosto estaré entregándome al hedonismo de los hobbies y labours of love. No tengo más días de vacaciones, pero sí un horario que me permite distenderme un poco más durante el mes más tranquilo del año. Una de las cosas sobre las que empiezo a tejer un texto con sentido es la duda concreta de cuánto silencio hace falta para hablar, con una pregunta que escribí en mi diario hace semanas con una lucidez que me gustaría saber dónde está ahora:
¿Y si el mayor acto de presencia fuera, a veces, saber hacer un poco más de silencio?
un abrazo,
ana