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Mi nombre es Ana y cada mes envío observaciones y anécdotas para alejarte del ruido y (re)conectarte con lo esencial. Directamente a tu buzón y siempre en español.

Apr 21 • 3 min read

Nadie sobrevive en autarquía


Lunes, 21 de abril, 2025

Vanagloriarse de ser una persona que solo se tiene y se necesita a sí misma, una persona self-made, tiene una esencia profundamente arrogante. No existen personas self-made porque nadie sobrevive en autarquía.

Somos una vasija de cerámica hecha a mano. Hechos de tierra y agua, moldeados a nuestra voluntad mientras bailamos en el torno o en la mesa de escultura. Pero a esa vasija que somos la moldearon y la pintaron las manos que nos han sostenido, acompañado y acariciado. Seguramente entre las pinceladas de amor y las huellas del cariño encontraremos también marcas de bofetadas porque esas manos también nos hicieron, igual que las manos que soltaron las nuestras en un gesto de abandono. Lo que le dio forma a esta vasija que somos es un calor formado por lenguas y manos de amor, contención, caricias, pellizcos, ternura, abandono, rabia, lágrimas y carcajadas. Una parte de ese fuego es nuestro, nos pertenecen esas llamas. La otra parte es ajena, es un fuego que arde gracias a la chispa de los otros.

A tu vida no le diste forma solo tú, sino todas las personas que han aparecido desde el día que saliste viscoso y desorientado del vientre de tu madre para empezar a respirar el mismo aire que está ahora entrando por tu nariz.

Recuerdo a Paula, una amiga breve. Un día me envió una nota de voz en la que recuerdo que usó la palabra conversar. Para ese momento yo no usaba ese verbo sino el verbo hablar. Recuerdo que hacía calor y que pensé que era curioso usar siempre la palabra hablar, que implica producir lenguaje, en lugar de conversar, que implica un silencio de escucha atenta. Esto pasó sobre 2013, hace quince años, pero de vez en cuando me corrijo cuando pienso en "hablar" con alguien y no en conversar.

Recuerdo a mi abuela paterna, a quien nunca quise, tejiendo durante horas mientras veía documentales de la familia real británica. Recuerdo su risa genuina y contagiosa que contrastaba con sus ojos y su manera de ser. ¿Cómo una persona tan mala podía reír tan bonito? Puede que me equivoque, pero fue la primera persona que me señaló con su ejemplo esa paradoja entre maldad y belleza. Más adelante entendí que lo malvado rara vez es bonito, pero no es una cosa imposible que algo corrompido por dentro sea bello por fuera.

Recuerdo a una chica llamada Martina que conseguía ponerse pantalones de una o dos tallas más haciendo un truco con el botón y la primera trabilla del cinturón del pantalón. Lo tengo hecho justo ahora, que me puse cómoda con un pantalón grande y un suéter ancho para escribir esta carta tranquila.

Una de las cosas más tontas e inútiles que he hecho ha sido pasar el día con un chico llamado Jorge. Era 2015 y estábamos dando vueltas en pueblos de una montaña. Cuando cayó la noche me llevó 96 kilómetros hasta el pueblo en el que yo estaba durmiendo. Era de noche, había neblina y la carretera tenía muchas curvas. Pero protagonista de este recuerdo no es Jorge, sino la mamá de uno de sus amigos, que a medio camino en esos 96 kilómetros nos dio a todos una bebida caliente cuando paramos en su casa. Tras comprobar que todas las tazas estaban vacías, y con una ternura casi infantil en su cara, nos preguntó orgullosa y contenta si nos había gustado.

Como estas personas recuerdo muchas. Las tomé de ejemplo porque son un recuerdo que me conecta con cosas que hago ahora: usar el verbo conversar en lugar de hablar, buscar mas allá de la estética por si se esconde algo malvado, hacer uso de un pantalón que en teoría me va grande, o dar siempre un halago además de las gracias cuando alguien me da algo que hizo con sus propias manos. Tengo anécdotas más accidentadas de cómo un montón de gente, alguna conocida y otra que duró menos de diez minutos en mi vida, me ha ayudado en cosas que parecen pequeñas en el gran esquema de las cosas, pero sin las cuales sería imposible estar sentada hoy aquí, contándote esto.

Tú tendrás tus propias paulas, martinas, jorges y abuelas. También tus propias historias accidentadas con ayuda providencial.

Vuelvo a la vasija. No son solo nuestras manos lo que le da forma. De hecho, son más las manos de los otros las que esculpen, pintan, dan forma y hornean. De uno mismo depende tan solo el contenido, lo que va dentro, con lo que un buen día decidimos llenarnos.

Nadie sobrevive en autarquía.

Rua D. Afonso Henriques, 132. 4950-854. Monçao, Portugal.
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