Mi nombre es Ana y cada mes envío observaciones y anécdotas para alejarte del ruido y (re)conectarte con lo esencial. Directamente a tu buzón y siempre en español.
La última carta que envié fue en fecha 6 de mayo, hace 69 días, a pesar de mi promesa de enviar una carta al mes. Esta carta que recibes hoy no sustituye a la del mes de junio, ni a la del mes de julio que apenas va por la mitad, pero no me parecía ni sensible ni coherente continuar como si nada después de mes y medio de silencio.
A principios de año abrí una empresa cuyo cierre puse en marcha hace tres días, el viernes. Este último mes y medio ha sido una de las épocas más felices de mi vida porque ha estado llena de fracasos, que es una cosa que quiero reivindicar lo más pronto posible, en los próximos párrafos.
Qué bonito es fracasar. Bendito es el momento exacto en el que ves a la cara al océano de horizonte infinito que separa lo que era grandioso en tu imaginación, pero que es apenas barro en tus manos. El fracaso es más frondoso y vasto que la brecha entre lo que esperabas que pasara y lo que realmente pasa. Esa brecha es apenas una expectativa no cumplida, una cosa como hecha de aire y, si acaso, rocío. El fracaso es barro, es lodo, es fango: es una masa sin más forma de la que tus manos pueden darle, un continuo indivisible de agua y tierra que tardará mucho en decantar, por lo que no tiene sentido separar el agua de la tierra si lo que tienes en tus manos es un fracaso. Si acaso, lo único que puedes hacer es lo que hacemos con el lodo, que es dejarlo al sol, esperar que el agua se evapore a nuestras espaldas, y luego barrer la tierra. De los fracasos quedan manchas que, con suerte, se quitarán con algo de espuma, aunque algunos de ellos dejan una mancha como la del vino sobre una camisa de algodón que te recuerda, cada vez que la miras, lo que pasó en aquella cena de mayo.
Aprender a fallar es un arte, quizás no tan noble como la pintura o la literatura, pero sí más que el grueso del arte contemporáneo. Con esto quiero decir que no es más noble que un Rothko pero sí más que el plátano de Cattelan. No más que un penetrable de Jesús Soto, pero sí más que cualquier cosa que verás en el Art Basel de Miami.
Yendo hacia adentro, el fracaso podría ser perfectamente un asidero de la ira y de la rabia, pero con frecuencia es más bien asidero de la tristeza y de la duda, igual que las páginas en blanco. Algo que acompaña casi sin excepción a la tristeza y a la duda (y también a las páginas en blanco) son las preguntas, muchas preguntas, unas encima de otras, unas atravesadas en medio de otras, alguna escondida detrás de una menos violenta.
Las preguntas que nos hacemos a nosotras mismas durante y después de un fracaso son de las más genuinas que nos planteamos jamás, y esa es otra cosa a reivindicar. Preguntarse qué ha pasado y empezar a dibujar mental o materialmente una concatenación de hechos y decisiones no es, por desgracia, una empresa frecuente. Cuando nos va bien o nos pasan cosas buenas no nos preguntamos qué pasó, ni hilamos el principio con el nudo y el nudo con el desenlace, a pesar de que sería muy importante no solo para observar sino también para entender y celebrar. Lo mismo pasa con otras cuestiones que solo emergen en el contexto de un fracaso, pero casi nunca en el contexto de algo alegre, deseado o vivido como un triunfo o logro. Preguntarse en qué acerté y en qué me equivoqué, qué me faltó, qué me sobró, qué aprendí de esto, qué me enseñó, cuántas de las tantas cosas que no quería ver ahora son visibles y nítidas... todas son preguntas que ayudan a poner luz sobre la cosa que fracasó, a darle márgenes a aquello, pero también a poner luz y darnos márgenes a uno mismo. Las preguntas que siguen a un fracaso son más un autorretrato que una panorámica porque nos ponen al mismo tiempo en el rol de observador, sujeto, cámara y luz.
Mientras más fracasas, más te estudias y mejor te conoces. Los estudios y bocetos que hacen los pintores antes de trabajar sobre el lienzo final no son más que fracasos encarados desde la curiosidad y la fascinación de quien prefiere fallar seis veces con carbón antes de pensar en un trazo. Son bien vistos, bien vividos y son además gratificantes porque el proceso de crear se pone en un lugar de igual importancia al lugar que ocupa el resultado final. Esa es otra forma de ver el fracaso como una acción desprovista de miedo y temores: como parte de un proceso, de un camino, de una historia.
Six studies of a cat (c.1765-70) de Thomas Gainsborough
Todo lo que ha pasado estos meses ha sido una serie de estudios y bocetos de un lienzo que sigue, de momento, en blanco. La última vez que fallé fue intentando hacer y vender papelería de lujo mientras monetizaba un newsletter porque no me vi capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo. La próxima vez que fallaré parece que será hoy mismo intentando torpemente cerrar esta carta sin ser demasiado cursi y evitando eslóganes optimistas.
Lo cierto es que empecé explicando los motivos por los que no has recibido más noticias y terminé usando todos los recursos del castellano que se me ocurrieron para darle al concepto de fracaso el aura de belleza que solo tienen las cosas necesarias de la vida como la comida, los rayos del sol, las plantas y el mar. Ahora que he acabado esta puesta en punto, puedo continuar con las cartas de cada mes, coleccionando estudios y bocetos de textos como Thomas Gainsborough coleccionó seis gatos.
En las siguientes dos semanas del mes recibirás las cartas de junio y julio. A partir de agosto, las recibirás sin fecha determinada como era antes. A partir de septiembre es posible que quiera preguntarte cosas, pero de momento puedes contestarme si te ves con ánimos de hablar de la última vez que fallaste en algo. Ponerlo en palabras ayuda mucho y te prometo que, pasado el primer acto de sentirse idiota, consigue ser hasta divertido.
Nos leemos pronto, Ana.
Republica Argentina 21, 08940, Cornellà de Llobregat (Barcelona) Unsubscribe · Preferences
un newsletter sin ia
Mi nombre es Ana y cada mes envío observaciones y anécdotas para alejarte del ruido y (re)conectarte con lo esencial. Directamente a tu buzón y siempre en español.